Text and graphics © María Dolores Bolívar
En general los roperos parecen ser un sitio seguro. Pero este de mi cuento estaba lleno de rendijas y orificios que, aunque lo hacían lucir interesante, y todavía discreto, comprometían, sin remedio, a los esqueletos que ahí habían sentado sus reales. No digo que fuese simple dar con ellos, pero bastaba que algún metiche descubriera ese fondo de sus ojillos por donde llegaban a transparentarse las cosas.

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