Text and graphics © María Dolores Bolívar
Luego de que Leona vio su silueta reflejada en el río pasó la tarde entera acicalándose. Se enmarañó la melena cuanto pudo; afiló sus diez uñas al punto del brillo. La parsimonia que aplicó en su cuidado revelaba motivación probablemente venida del espejo. Nomás estuvo lista se dirigió al sitio donde departían, desenfadados y en montón, los animales. Soy la reina, se oyó decir, irguiendo la cabeza convencida. La carcajada colectiva resonó. Herida de ánimos, Leona se fue, sin decir nada. Más tarde, atravesó la noche un rugido tan potente que ninguno de los animales de la selva pudo olvidar.

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